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Epidosios nacionales II. La corte de Carlos IV. (Benito Pérez Galdós)
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Seguimos nuestra andadura por la historia del S. XIX de mano de Galdós. La trama se sitúa dos años después de la batalla de Trafalgar, y nuestro joven Gabriel se ha instalado en Madrid, donde conoce a Inés, joven a la que conocemos y de quien Gabriel ya se ha enamorado, si bien en el presente episodio el joven de Araceli tendrá ciertas debilidades en forma de Condesa. Esta segunda entrega se centra, por otra parte, en dos escenarios (nunca mejor dicho). En el patio de butacas de un teatro y su escenario, así como en la propia corte del Rey Carlos IV, donde asistiremos, con Gabriel como testigo, de las conspiraciones urdidas por el príncipe Fernando para derrocar a su padre e instalarse en el sillón real, con añadidura de la figura de Napoleón sobrevolando en todo momento las opiniones y posturas de los personajes.

Galdós inicia la novela con el estreno de El sí de las niñas de Leandro Fernández Moratín, obra que quien esto escribe conocía de oídas pero no de su repercusión social así como de su éxito y polarización de opiniones entre el público, siendo amada y odiada por igual, hecho que Galdós muestra cojonudamente ya a inicio. El joven Gabriel asiste al estreno y, poco a poco, es absorbido por los personajes de Moratín, si bien se guarda sus opiniones ya que se ha acercado al teatro con un alborotador que tiene la firme intención de reventar el estreno. De este modo, Galdós inicia la novela con una obra de teatro, y cierra el círculo al final mediante otra obra, esta vez con Gabriel de actor en la misma, conformando un clímax fantástico al que añade un macguffin maravillosamente metido dentro de la trama.

Entre medias, asistiremos a las conspiraciones en las dependencias reales, las cuales Gabriel atestiguará ya que no tardará en formar parte de la servidumbre de la Condesa Amaranta, quien según los rumores, posó desnuda para un cuadro de Goya. La pericia de Galdós aquí es es palpable, ya que por una parte, Amaranta hechiza de forma inequívoca a nuestro pobre Gabriel, con unos ojos hipnóticos y una belleza desmesurada, pero que en el fondo esconde una víbora conspiradora que pondrá a prueba la integridad de nuestro protagonista. 

No se olvidará Galdós de mostrar las pasiones de sus personajes, ya sea en forma de ambición, o de puro y llano amor, así como de un cuadro de la época (de nuevo) para el que se vale, sobre todo, de un personaje muy secundario, algo iletrado pero que conforma las líneas más lúcidas sobre la sociedad e historia españolas. Qué poco han cambiado las cosas, diablos.

PD: lo cierto es que no tenía intención de seguir reseñando los episodios nacionales, ya que el ritmo al que los lea no será constante, pero me he dicho "qué coño!", así que poco a poco, y si el ánimo y no la pereza sigue conmigo, seguiré dándole a la tecla.

   
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