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Episodios Nacionales V. Napoleón en Chamartín (Benito Pérez Galdós)
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España y los españoles se las daban muy felices y heroicos tras la gloriosa victoria en Bailén. Un ejército formado por gentes insurrectas al poderío francés, sin uniformes oficiales (por lo que cada cual vestía como quería/podía) consiguió darle estopa al, por entonces, mejor ejército del mundo, y hacer que sus generales firmasen la rendición con el rabo entre las piernas. Sin embargo, la realidad tiende a dar bofetones a mano abierta al poco de tender sus albricias, y los españoles, con los madrileños a la cabeza, se llevan en esta quinta entrega una buena dosis de realidad.

Nuestro querido Gabriel recaba de nuevo en Madrid, donde las habladurías, la propaganda y los ánimos están a flor de piel, mientras la Junta de Madrid se deshace en indecisiones, parloteos innecesarios y una inacción criminal (nos suena mucho esta mierda) mientras el mismísimo Emperador se dirige con una contundente hueste a tierras españolas con el fin de que la capital se rinda lo antes posible. Así, Galdós retrata a una Madrid convulsa, inquieta, temerosa, febril, llena de orgullo patriótico, y también, absolutamente paranoica. Los franceses se acercan, y no tardarán en asomar sospechas sobre traidores a la patria, afrancesados que se han vendido al corso, merecedores todos ellos de la mayor de las muertes. Vuelve aquí Galdós, como ya hiciera en el episodio del motín de Aranjuez, a dedicar su prosa al populacho sediento de sangre y cabezas de turco. En un lance fantástico, mientras el pueblo de Madrid se va armando para enfrentar la inminente llegada del ejército francés, y las innumerables complicaciones que lleva el proceso, sobre todo en cuanto a abastecimiento de armas y munición, se descubre que muchos cartuchos están llenos de arena. La mecha se prende con rabiosa intensidad, y el vulgo toma las riendas para impartir su justicia. El autor dedica todo un párrafo a reflexionar sobre la culpabilidad o no del ajusticiado, y la final imposibilidad de saber a ciencia cierta si hubo o no traición, dejando muy a las claras la gratuidad con las que se las puede llegar a gastar, no solo un pueblo enfurecido, si no terriblemente desesperado y asustado.

Lo cómico es que, muchas páginas después, cuando conocemos algunas cláusulas de la capitulación de Madrid, y atisbamos las intenciones que Bonaparte parecía tener para con España, ciertos aspectos no suenan nada mal, y los personajes que los leen así lo manifiestan, hasta que se llega al punto de reducir a un tercio las órdenes religiosas (sí, este pasaje está protagonizado por frailes dominicos).

Lo cómico, decía. Y los personajes. Son dos de las 3 armas que Galdós esgrime con absoluta maestría en estas novelas. Los personajes son estrambóticos, o excéntricos si se quiere, en sus acciones, y en su hablar. Es inevitable como mínimo, sonreírse ante las conversaciones que se esgrimen entre ellos, esos dejes y expresiones, tan propias de la época, supongo, o al menos de la literatura de ese siglo XIX, y el humor que de ellas se destila a través de unos personajes fantásticos. Cuando se indignan, cuando se hacen los héroes, cuando se enamoran. No escatima Galdós en hacernos reír con ellos, sabedor de que el humor, bien empleado, es el mejor y mayor arma para facilitar la empatía. Porque, llegados al final de la novela, y relatándonos el fatal destino de un personaje del que, seguramente, nos habremos olvidado (los últimos capítulos son un auténtico tiro), Galdós nos toca la patata de forma inmisericorde, pero con orgullo, leyendo con una nota de tristeza, y a la par, de extraña alegría, o quizás, todo ello lo revista lo entrañable de un personaje que, a pesar de todo y de todos, se mantuvo fiel a sus principios. Ojo con esto, hablo de un personaje totalmente secundario, pero habiendo terminado esas páginas hace unas horas, no puedo evitar dedicarle unas palabras en la reseña, porque, joder, brillante el modo de terminar así este quinto Episodio.

Hablaba de 3 armas de las que se vale Galdós. La tercera es el modo de hilvanar la trama. Ojito con esto. Gabriel ha estado en Trafalgar, ha merodeado por la corte de Carlos IV, ha sido testigo del motín de Aranjuez y formado parte, primero pasiva y después activa, de las revueltas del 2 de mayo, se ha jugado su joven culo en Bailén, y ha asistido a la capitulación de Madrid, viendo cómo la ciudad se llenaba de habladurías, rumores y noticias sobre las victorias o derrotas españolas ante el paso de Napoleón. Todo esto, en primera instancia, nos hace torcer el morro. Que el protagonista esté en absolutamente todos los lugares en el momento que ha de estar suena a poco creíble. Pero Galdós hilvana tan bien la trama, plantando los diferentes elementos de los que tirar después, así como las pulsiones que mueven a los personajes, que apenas nos damos cuenta. Es bárbaro. En este quinto Episodio rescatamos a personajes del segundo, de cuyas relaciones establecidas se seguirá tirando para conformar la trama, así como la importancia capital de los presentados en el anterior, todo ello sumado a la relación de Gabriel e Inés, a cuyo amor y destinos de ambos personajes la historia se entrega de forma total en un momento dado, tomando Gabriel la decisión última que llevábamos alentando desde el anterior capítulo, mientras la sombra de Napoleón se perfila en todo momento sobre las gentes de la ciudad. Bárbaro.

De este modo, llegamos al ecuador de esta primera serie. Nos quedan otras 5 novelas que irán relatando, aventuro, los vaivenes de la guerra, de Gabriel e Inés, y ver si al final terminan o no juntos y felices. Ojalá lo consigan.
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